martes, 11 de julio de 2017

la olvidada ‘región’ leonesa

Por  José Ramón Bajo Álvarez, director de Gente en León (publicado el 30 de junio de 2017 a las 09:15 en Gente Blogs http://www.gentedigital.es/blogs/leon/29/blog-post/11946/la-olvidada-region-leonesa/)

Cerramos una de esas semanas en las que otra vez se demuestra con claridad la injusticia que la España moderna ha cometido -y está cometiendo- con el histórico Reino de León, arrinconado en el abandonado Noroeste español y cayendo tanto o más de lo que crecen ‘otras’.

En 2013 la Unesco declaró las Cortes de León de 1188 convocadas por el rey Alfonso IX como “el testimonio documental más antiguo del sistema parlamentario europeo”, que es como decir mundial. Pero a poco que se investigue la historia salen nuevos ‘hitos’. Así, el 30 de julio de 2017 se conmemora el milenario del Fuero de León proclamado por el rey Alfonso V en 1017 y en el que se reconocen los derechos fundamentales de los ciudadanos a la vez que se ordenaba el panorama social, político y económico tras siglos de dominio del Califato de Córdoba.

León, cuna mundial del parlamentarismo y cuna del reconocimiento de los derechos fundamentales de los ciudadanos. Un pasado glorioso y un presente en declive. Hace tiempo que León perdió el medio millón de habitantes y también la minería, el pilar que durante décadas fue el motor de una provincia con tres importantes zonas mineras (Sabero, La Pola-La Robla) y El Bierzo. También el campo sufrió un duro golpe con la entrada de España en el Mercado Común Europeo del que no se ha recuperado. Sin apenas industrias, el futuro es negro y se sustenta en la industria agroalimentaria, en el sector biotecnológico-farmacéutico, en la ciberseguridad y las Tics y en el turismo. Cuatro pilares bien asentados, pero insuficientes para engancharse con garantías al tren del futuro. Todos los proyectos llegan tarde a un León al que ‘Valladolid’ ha ido anulando su protagonismo a pesar de que Castilla y León es una comunidad formada por dos regiones históricas -Castilla y León- como dice el mismísimo Estatuto de Autonomía. Pero no se ha cumplido... y ya se sabe, que el que reparte se queda con la mejor parte.

Ahora que se habla tanto de naciones, de estado federal o de reforma de la Constitución sería el momento adecuado del ‘divorcio’ de una comunidad que sólo ha traido ‘ruina’... La Diputación de León está en condiciones de asumir el protagonismo ‘regional’ de León, bien en solitario, bien con Zamora y Salamanca, para encauzar un futuro al que se lleva cortando las alas desde que en 1983 se creara una autonomía tan ficticia, como extensa, ingobernable y discriminatoria. Al fin y al cabo, la Diputación viene ‘comiéndose’ los marrones de competencias impropias a los que la Junta nunca llega. El próximo proyecto, los parques de bomberos... ¡Ya está bien...!

domingo, 18 de junio de 2017

La plata leonesa

Por  Cesar Gavela (publicado en Diario de León el 18.06.2017 - http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/plata-leonesa_1168649.html)

Tal vez hay dos Portugales, y ambos son hijos del viejo reino de León. Uno, el admirable Portugal atlántico, nació de León, muy marcado por el habla y la cultura de Galicia, tierra leonesa. El otro, el Portugal misterioso, forma parte de España y es el que se articula en torno a la Vía de la Plata. Lo que le confiere el estatuto de antigüedad y firmeza.

El Portugal de Lisboa es manifiesto. La tierra ibérica más dulce, más mesurada, más unida. Sin embargo el otro Portugal, por así llamarlo, el de la vía de la Plata, está escondido. Oculto en sí mismo, extendido verticalmente por tres comunidades: la parte leonesa de la autonomía del Duero, Extremadura y la zona occidental de Andalucía, la del Bajo Guadalquivir. Es un mapa que se podría concretar así: las actuales provincias de León, Zamora, Salamanca, Cáceres, Badajoz, Huelva, Sevilla y Cádiz. Dejando la pertenencia de Asturias, hogar inicial, como posible miembro. También suscita dudas la provincia de Córdoba, sobre todo el sur de la misma.

El rastreo de lo leonés es fácil en Cáceres, la tierra más extremeña de Extremadura. En el noroeste de Cáceres todavía se habla el leonés, en su valle de Trevejo. En cuanto a Badajoz, basta recordar que hay algunos pueblos del sur de esa provincia, ya muy marcada por la influencia andaluza, que se apellidan «de León». Por su parte, Huelva y Cádiz son periferias gloriosas de Sevilla, la ciudad que fue conquistada por el leonés San Fernando. Este es el Portugal leonés, el que está oculto en el mapa de España.

Pero no está oculto para el viajero atento a gentes y sentires, a modos de ser. Sí, ya se sabe que esto de las identidades colectivas es harto peligroso y muchas veces gratuito. Pero es evidente que entre los catalanes y los andaluces hay diferencias de carácter, o como se quiera decir. Como también son evidentes entre vascos y murcianos. O entre gallegos y manchegos.

Últimamente he hecho diversos viajes a la Baja Andalucía y he ido notando, poco a poco, esta sensación de familiaridad. Observando cómo, por debajo de lindes, de acentos, de costumbres y de tópicos, hay una cercanía secreta y cálida con las personas que habitan ese Portugal interior. Hace muchos años que ya lo había notado en Cáceres, incluso en Badajoz, pero me faltaba cerrar el descubrimiento. Y no dudo que algo nos une a los que ocupamos la segunda franja, comenzando por la izquierda, del mapa de Iberia. Los apellidos más habituales de esas provincias son los mismos. Igual en Asturias que en Huelva, en Salamanca que en Sevilla. Porque fueron leoneses del norte los que repoblaron ese León del sur, que debemos conocer más. Ya no solo con la mirada del turista, sino con el corazón; con lo profundo que nos une a esas tierras. Ese linaje romano y medieval. Que ejemplifica, acaso mejor que nadie, Guzmán el Bueno, hijo de León que murió en el sur de Andalucía.

jueves, 1 de junio de 2017

La singular y extraña autonomía

Por Enrique López Lage, Profesor (publicado en Diario de León el 30.05.2017 http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/singular-extrana-autonomia_1164096.html)

El ciudadano L, residente en una localidad de la provincia de León, llevaba tiempo pensando en la manera de contribuir con la causa de la minoración del déficit público de su país. Había pasado, también, largos ratos analizando la sin par decisión de nuestros políticos al haber creado la autonomía de Castilla y León, la única con dos nombres unidos por la conjunción y. Aquél día, ambas ideas confluyeron en su mente y como resultado del choque le brotó del cerebelo una espléndida idea: reducir a la mitad el número de autonomías. Todo pasaría por unir las actuales, a modo y semejanza de lo que, en su día, se hizo con Castilla y León. El ahorro sería sustancial, a la vez que, pensaba, daría lustre a la España de las autonomías. Pretendía una propuesta que, como mínimo, tuviera una apariencia tan razonable y con tanto sentido de Estado como la que habían pergeñado nuestros ilustres próceres de la Transición.

Comenzó a conjuntar nombres. Pensó que sería bueno iniciar un proceso tan borrascoso por el noroeste, lugar por donde llegan casi todos los frentes que el gran océano nos trae. Aunó Galicia con Asturias y apuntó en su librillo, Galicia y Asturias, como nombre de la nueva autonomía. Sus ciudadanos podrían denominarse gallegoastures o asturianogalaicos y tendrían, ya de entrada, la importante ventaja de ser todos ellos diestros en el manejo del paraguas, lo cual no era asunto a despreciar.

Dudó por donde continuar y saltó, en un momento dado, a Andalucía y Extremadura, ya que el habla les acercaba y convino que para el caso era cuestión suficiente. Y las dejó así enlazadas.

Se le ocurrió, después de un buen rato, que sería bueno para Castilla-La Mancha tener salida al mar y la juntó con Murcia. Barajó la opción de darle salida por el Atlántico, pero quedaban muy a desmano autonomías que tal permitieran. Le pareció más que de sobra con el Mediterráneo y así las dejó, como Castilla-La Mancha y Murcia; no le disgustó como sonaba, aunque si se pronunciaba rápido podía parecer que Murcia era ensuciada por Castilla La Mancha. Cambió, entonces, el orden y las dejó como Murcia y Castilla-La Mancha.

De seguido le vino a la cabeza Cataluña y estuvo luengo tiempo reflexionando con cual la yuntaría. Pensó en Aragón por lo del antiguo y grandioso reino de tal nombre. Pero en estos tiempos le pareció que Aragón encajaba mejor con la Rioja o incluso que podría tener cierta afinidad con Navarra, por las jotas. Vincularía Aragón con Navarra y postergaría el caso de Cataluña. Le gustó el término de Aragón y Navarra. Dos grandes y antiguos reinos que, sin duda, podían equipararse en grandeza pasada con Castilla y León.

Notaba ya el gran esfuerzo mental que estaba haciendo en establecer estos singulares matrimonios, que él quisiera fueran duraderos; le ayudó a proseguir el hecho de que si, desde Valladolid, los linces políticos casi habían conseguido crear de la nada ciudadanos castellano-leoneses, no se debería descartar ni tomar por imposible que con tiempo y maña, se configuraran binomios de ciudadanos de cualesquiera de las dispares partes de la piel de toro.

En varias jornadas no pudo continuar con el asunto, a tal punto había llegado su saturación. Tenía claro su objetivo: menor número de autonomías y renombrarlas con el fin de que todas quedaran asociadas por la trascendente y. La y era la clave para que todo el sistema funcionara.

Volvió con Cataluña y, ahora más despejado, decidió asirla a Valencia. Barajó también las opciones de Madrid o Canarias, pero en ambos casos le acabó dando la risa y terminó viendo más contras que pros. Le disgustó, por largo, llamarla Cataluña y País Valenciano, así que eligió el nombre de Cataluña y Valencia, y quedó tan ancho cuan largo.

Metióse luego con el País Vasco. Vínole a la cabeza cuan conocida era la costumbre de muchas cuadrillas de bilbaínos y eibarreses, entre otros vascos, que daban en pasar un día al año de visita turística por Haro, día en el que solían atiborrarse de vinos, pinchos, morcilla y cordero, junto con un buen escocés o irlandés, al gusto, antes de la prescriptiva partida de pocha regada con cubatas o tragos a discreción. Y no dudó en unir al País Vasco con La Rioja. El nombre oficial para no enfadar al nacionalismo sería Euskadi y La Rioja; le sonó de perlas.

Al llegar a Madrid tuvo problemas, como sucede siempre con los muy numerosos; no son fáciles de encajar. Se dio cuenta de que le faltaba Cantabria y las alió, porque aunque no fueran limítrofes recordó que se habían llevado bien desde la época de las ovejas y de las lanas y, a su ver, casaban de maravilla.

Quedaban las islas y las ciudades del norte de África. Pecata minuta, después de todas las alianzas ensartadas. Con los puentes aéreos el problema se deshacía como un azucarillo y llamó, Canarias y Baleares a las isleñas, y, Ceuta y Melilla a las ciudades africanas, con lo que dio por terminada su maestra obra.

Le asaltó la duda sobre si ciudadanos cabales y sensatos podían considerar disparatadas algunas de sus uniones, pero puestos a practicar el arte de desbarrar no creyó haber superado a los que idearon la autonomía de Castilla y León; autonomía de artificio que perdura en el tiempo, a la par que nos desangra. Tal engendro subsiste gracias a que la mayoría permanecemos silentes, pusilánimes y conformistas. Entre esta mayoría los hay que viven de la política, y callan también, aunque es más comprensible su indecente silencio, porque si algo dicen arriesgan las habichuelas monetarias que plácidamente les llegan de sus cargos.

Tuvo la osadía de presentar su propuesta a los partidos políticos de su provincia. Cuentan sus cercanos que abundaron las lindezas del estilo «desestabilizador», «temerario», «imprudente», «provocador» y otras de similar corte. Pero el ciudadano L no perdió la esperanza. Creía firmemente en que los despropósitos acaban sucumbiendo ante su más feroz enemigo, que es el tiempo, y determinó continuar activo con esta, de momento, causa perdida.

jueves, 25 de mayo de 2017

La patraña del viaducto que salvaría Lancia

Por  David Gustavo López, Investigador y Escritor (publicado en Diário de León el 23.05.2017 - http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/patrana-viaducto-salvaria-lancia_1162468.html)

¿Qué pasa en esta provincia? ¿Qué pasa en este país? No es normal que todos los días los ciudadanos de a pie tengamos que estar levantando la voz porque algo de nuestro Patrimonio se ha destruido, lo están destruyendo o lo piensan destruir. ¿Es que los ciudadanos hemos de convertirnos en vigilantes de las actuaciones de la Administración del Estado, es decir, de quienes teóricamente son nuestros representantes y nuestra salvaguardia?

Esto se ha convertido en un sinvivir, en una lucha contra los intereses de quienes defienden nuestros intereses. ¿Qué pasó con los Principia? ¿Qué con ad Legionem? ¿Qué con Marialba? ¿Qué con la muralla de León en Conde Rebolledo? ¿Qué con la plaza del Grano? ¿Qué con el monasterio de Santa María de Nogales? ¿Qué con el monasterio de Sandoval? ¿Qué con el castillo de Alba? ¿Qué con los 48 monumentos y edificios singulares de la provincia leonesa que Hispania Nostra tiene incluidos en la Lista Roja, siendo esta cifra la más alta no solo de Castilla y León, sino de España?

Algo va mal, muy mal. Mientras sea el ciudadano de a pie quien tenga que supervisar las actuaciones de la Administración, no solo en el campo del Patrimonio sino en tantas otras cosas, por no decir en todas, es señal de que el sistema no funciona o de que, más bien, funciona al revés.

Ahora es de nuevo el yacimiento astur-romano de Lancia, concretamente de Sublancia, de ese que durante años estuvo sumido en agria polémica por las obras de la autovía León-Valladolid, que pretendían sepultar hallazgos arqueológicos de primera magnitud, edificios y elementos de los primeros siglos de nuestra era que los más prestigiosos historiadores y arqueólogos calificaron como únicos en España —«nos ha sorprendido por el tipo de arquitectura y su variedad», decía en El País el fallecido catedrático de Arqueología de la Universidad de Salamaca Jesús Liz Guiral—. Pero se consiguió el acuerdo; la plataforma Salvemos Lancia se echó al monte —por desgracia es la única solución con demasiada frecuencia—, consiguió que las obras se paralizasen y que la Comisión de Patrimonio Cultural de Castilla y León —por inoperancia de la de León— ordenase reformar el proyecto del tramo que atraviesa esta zona de Sublancia, entre Villamoros y Mansilla, a no más de trece kilómetros de la ciudad de León, que el ministerio de Fomento solucionó elevando sobre pilares un tramo de un kilómetro, de tal forma que los restos arqueológicos se librasen de ser arrasados y pudiesen ser puestos en valor y abiertos a la contemplación de estudiosos y al turismo cultural, cada día más numeroso y, además, junto con la naturaleza, el único al que puede aspirar la provincia de León.

Pero el gozo en un pozo. Otra vez quienes hemos designado para administrarnos se han aliado con no se sabe quién —vamos a terminar creyendo en un terrenal ‘Ojo que todo lo ve’— y parecen haber urdido un plan para que el paso elevado, que solo iba a tener dos puntos de apoyo, sea un ciempiés provisto de extensas cimentaciones que todo lo arrase, hasta límites peores a los del primer proyecto, porque antes los restos arqueológicos de Lancia quedarían ocultos para varias generaciones, pero ahora ya ni siquiera habrá generaciones para ello porque casi todo se habrá ido al vertedero. Y, para más inri, para conseguir tan bendecida destrucción, los contribuyentes habremos pagado un extra de quince millones de euros.

De contra natura podemos calificar lo que está ocurriendo. Las propias administraciones —la central realiza la obra y la autonómica es la competente en la protección del Patrimonio Cultural— parecen incumplir la Ley 12/2002 del Patrimonio Cultural de Castilla y León que ellas mismas han dictado, en cuanto a la obligación establecida para los poderes públicos de «garantizar la conservación, protección y enriquecimiento del Patrimonio Cultural», considerándose infracción muy grave «cualquier acción u omisión que conlleve la pérdida, destrucción o deterioro irreparable de los bienes declarados de interés cultural». Artículos que los responsables deberían tener grabados a fuego, dado que el yacimiento arqueológico de Lancia, incluyendo la zona afectada de Sublancia, fue declarado Bien de Interés Cultural por la propia Junta el 3 de noviembre de 1994.

La verdad es que para este viaje no hacían falta alforjas.

domingo, 21 de mayo de 2017

Ah, Valladolid

De  Miguel Paz Cabanas (publicado en Diario de León el 17.05.2017, http://www.diariodeleon.es/noticias/opinion/ah-valladolid_1161070.html)

Tengo un amigo que se toma a chota una de las principales obsesiones del pueblo leonés. Cuando alguien, en medio de una reunión, expresa su enojo o malestar por cualquier motivo (un hijo que no da un palo al agua o una suegra insoportable, por ejemplo), mi amigo carraspea levemente y, con voz profunda, casi cavernosa, sentencia: «La culpa siempre la tiene Valladolid».

El humor de mi amigo no siempre es correspondido, pero a mí esa frase me hace mucha gracia. A lo mejor, pensará más de uno, es porque yo he nacido en Bilbao, pero teniendo raíces babianas creo que no tiene mucho que ver. Aunque lo cierto es que ya va para treinta años que me largué de allí (qué escalofríos suscita el paso del tiempo) y que fue precisamente la atmósfera irrespirable y rancia del nacionalismo lo que me impulsó a irme del País Vasco. Sin contar que fui testigo accidental de los años de plomo, mientras una sarta de hipócritas o trastornados convertían esa hermosa tierra en un batzoki enorme y siniestro. En fin, pásemos página... sin dejar llevarnos por el olvido.

No negaré, sin embargo, que con el paso de los lustros también yo he acabado por advertir en más de un conflicto de intereses la larga sombra de Pucela. Para quien trabaja en la administración pública, ese es el pan nuestro de cada día: ¿Hace falta llevar a cabo más gestiones? Llamad primero a Valladolid. ¿No nos ingresan la subvención? Mira a ver si te dicen algo en Valladolid. ¿Podemos dar por cerrado el expediente? Espera a que lo confirmen en Valladolid. Valladolid acaba transformándose en una sede poderosa y lejana, un poco a la manera de los torreones en los desiertos de Buzzati, bajo cuyo yugo se dirimen los asuntos más banales que se puedan concebir. Hasta el punto de que uno acaba imaginándose a sus funcionarios como seres incorpóreos, criaturas replegadas y filosas que supervisan y regulan las miserias que limitan a los demás hombres, especialmente si estos viven en León.

A estas alturas, quien tenga suficiente edad para recordar cómo eran León y Valladolid (una región próspera frente a un cascajal de adobe) antes de la puesta en marcha de las comunidades autónomas (majadería suprema que enfangó este país durante décadas), llegará a la conclusión de que a los leoneses les han tomado miserablemente el pelo. Dicho esto, no seré yo quien dé pábulo a quienes, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid (nunca mejor dicho), manipulen ventajosamente las emociones de la gente, que luego pasa lo que pasa y nos salen salvapatrias por doquier. Pero, para que no se me acuse de tibieza, puestos a elegir entre tanto buitre calvo y retórico, mejor inclinarse por una animal rugiente y melenudo: león solo, bien se lame.